2 de septiembre de 2009

ESTUVIMOS EN LA CUMBRE DE UNASUR

Por Bruno Maña

O mejor estuve, prendí el televisor, luego moví la antena para ver si se veía mejor, pobre optimista; la imagen mejoraba pero el sonido carraspeaba y viceversa, por ende, figuró, en detrimento de la claridad, darle algo de luz a los oídos. Pensé en algún momento hacer lo mismo que mi padre recomendaba a la hora de ver fútbol, dejar el televisor en silencio y luego sintonizar los mismos hechos en la radio, pero desistí al percatarme que me tocaría ver este partido comentado por julito, gossain o arizmendi, lo cual sería un acto, no solo depravado, sino del más pésimo de los gustos. También pensé en verlo mejor por internet, pero eso no era justo conmigo. Había sido el mismo presidente quién había solicitado la transmisión para poder demostrar que él, efectivamente, era un gallito de pelea, como me iba perder dicho suceso visto en el aparato destinado para ello, el televisor. Como negarse a participar en esta histeria colectiva para bien o para mal.

Solucioné el desayuno con una mandarina un huevo duro y una taza de chocolate (me alimento como un samurái) y me dispuse a observar desde la cama el magno evento que nos convocaba y al cual de todas formas había llegado tarde, perdiéndome la primera parte de la intervención del presidente, cosa que no lamenté en ese momento, como no lo lamento ahora. El día anterior me había tomado algunas cervezas con amigos de vieja data y mi condición no era la mejor, sobre todo si había que escuchar la misma perorata de todos los días por demasiado tiempo. La cabeza aún me daba algunos giros, por eso mismo fue que me quedé dormido cuando Bachelet hablaba y daba vueltas sobre su propio eje.

Había previsto con amigos astrólogos más o menos lo que pasaría. El gallito de pelea intentaría cambiar la agenda y lo dejarían viendo un chispero, nadie estaría de acuerdo con él, pero aún así no se resolvería gran cosa, y al final los medios locales y algunos internacionales, dirían que Colombia había logrado salirse con la suya. Como los designios se estaban dando decidí tomarme un respiro y salir a comer algo por ahí, pero como en almorzadero que se respete hay televisor, tuve que regresar al recinto de la reunión a regañadientes. Por suerte el canal sintonizado era el institucional, el cual, aunque tenía como comentarista al troglodita de Alfredo Rangel, no dejaba titulares tendenciosos ni permitía interrupciones, pero cuando me trajeron la bandeja, justo en medio del discurso de Correa, se daño la transmisión de forma extraña. Como había un número considerable de televidentes atónitos en el lugar, el dueño del establecimiento, en ese mismo instante, cambio el canal y terminamos de ver a Correa en RCN. Así que como sobremesa, oh infortunio, nos tocó el noticiero del mismo canal, en el cual definitivamente hablaban de una reunión diferente a la que yo, y seguramente algunos de los comensales, había asistido. Así que para evitar la fatiga me embutí el jugo y decidí caminar un poco por las calles del barrio.

El sol era radiante, las calles se estremecían en su viernes, sonaban las cocas por doquier como si fueran grillos de verano. Pero también sonaban los televisores y los radios transmitiendo desde Bariloche de nuevo la voz del presidente y yo de nuevo caí en la tentación. Preocupado por mis bolsillos desempleados y lamentando derrochar mi tiempo en estas manías, regresé pronto a casa, para ver el largo remate de la reunión. Nada memorable, hasta el presidente que nos tiene acostumbrados a algún ridículo cuando sale del país, hizo el ridículo pero de una manera parca y mesurada. Tampoco hubo chistes buenos que contarles a los amigos. Todo fue como un partido 0-0 en el cual uno ya sabe que ese va a ser el marcador. Algunos dirán que es importante la palabrería, pero estamos hablando de asuntos graves, y los gringos igual podrán ejercer su fuerza aquí, en su colonia tropical.

Serían las 3 p.m. aproximadamente cuando apagué la pantalla, viaje desde Argentina hasta mis propios pantalones en menos de un segundo. Como la casa estaba hecha un desastre y la cumbre me había dejado extenuado, escapé a la calle para ver el atardecer suramericano desde cualquier esquina, para buscar humo junto algún amigo, y luego, si la suerte me acompañaba, encontrar un oído femenino para mis inquietudes y perversiones. Pero nada es completo, encontré a los amigos para alargar las calles y la garganta, pero no hubo ninguna mujer que creyera que mi compañía fuera el mejor plan, no las culpo. Así que de nuevo llegué muy de madrugada a hablar con la almohada, que no se queja de mi tufo y que siempre espera a que me quede dormido.

Publicado con autorización de un entrañable amigo.


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